Si decimos Salvador Bachiller lo primero que se nos viene a la mente son los complementos para el hogar y, sobre todo, maletas de viaje. Son varias las tiendas que esta pyme española tiene, pero es bastante menos conocido que también, desde hace unos años, cuentan con gastrobares, espacios diseñados con mimo y que no dejan indiferente a nadie.

Los cuatro establecimientos de los que dispone la firma, localizados en Madrid, se dan a conocer, sobre todo, por el ‘boca-oreja’. Por eso, y porque la decoración de cada uno no deja indiferente al cliente: espacios cuidados, entornos mágicos y totalmente inesperados, y una decoración única, aunqie todos tienen un hilo conductor común: “Queremos que el cliente se sorprenda, que encuentre un lugar mágico, lleno de flores, de luces, de colores y que le llevemos a otro lugar al margen de lo que hay en la calle”, afirma Lourdes Campelo, responsable de comunicación de la firma.

El último en ver la luz ha sido Bloom, vocablo anglosajón que significa “florecer”, que está situado en la calle Alberto Aguilera, 54. Lo de florecer se entiende nada más al llegar al local: la entrada, estilo inglés, es una oda al color (y al olor) que da paso a las escaleras de acceso al restaurante, un túnel de flores rosas. Abajo, un universo que se asemeja a un cuento de hadas. Mosaicos en el suelo y en las escaleras), un árbol interior, lámparas con plumas, rincones íntimos, flores cubriendo las salidas de aire acondicionado, un hermoso reservado con una espectacular vidriera en el techo… El restaurante ocupa lo que antes fue el espacio viajes de la tienda: “Estamos en un espacio sensorial, que apela a las emociones porque ahora más que nunca necesitamos emocionarnos”.

El primer gastrobar que abrieron fue El jardín, en la céntrica calle Montera, 37, que dispone de un salón inglés con su chimenea, más orientado al invierno y de una terraza en el piso superior donde la vegetación es el elemento dominante. Nadie diría, tomándose aquí un café, que se encuentra a pocos pasos de la ruidosa puerta del Sol. “Lo abrimos en 2014, después llegarían el Invernadero (Gran Vía, 65)el Jardín Secreto (calle Alcalá, 151) y, finalmente, Bloom que hemos abierto este año”, aclara Campelo. “Creamos el concepto de gastrobar para diversificar, está claro, pero también porque queríamos sorprender y lo logramos porque con El Jardín diseñamos un sitio precioso donde puedes tomarte algo, con muchísimos detalles en lo que a decoración se refiere y donde, además, si te gusta algo de lo que ves, lo puedes comprar en la tienda: desde las plantas hasta la taza del café”, explica.

Cada gastrobar tiene su público target: el Jardín y el Invernadero, por su localización, son más visitados por los turistas. El Jardín Secreto, por los vecinos de la zona y Bloom está siendo el fetiche, de momento, de los amantes de la red de la imagen: Instragam.

La riqueza de detalles es el eje conductor de todos los locales: “Somos una empresa familiar y lo hemos hecho todo nosotros, desde dentro, los hemos decorado con mimo como si estuviésemos decorando nuestra propia casa. Pero ese mimo se ve no solo en la decoración, sino también en los platos y cócteles que ofrecemos”, comenta.

Y esta es la otra pata que acaba de redondear esta apuesta de la marca: como no todo puede ser visual, se han esmerado sobremanera en la oferta gastronómica. Para los más ‘healthy’, hay tartar de salmón con aguacate, rollitos vegetales, hamburguesa de kinoa… Para los que quieren pecar, la hamburguesa de Kobe o el exquisito pad thai. En postres, uno de los más demandados es el yogur de matcha. Y si lo que ofrecen en el plato gusta, por su calidad y por el maravilloso emplatado, qué decir de la oferta de cócteles: el coctel “Al agua patos” se sirve en una bañera con patito incluido y “Mi lindo pajarito” va en jaula, como no podía ser de otra forma. Bloom también ofrecerá, en breve, meriendas y desayunos tipo brunch.