“Me pones un té chai, un sándwich de pollo con curry y otro de queso con nueces, para llevar, por favor”. Álvaro coge la comanda, cobra al cliente y le da las gracias con una sonrisa. Mientras, en la zona fría del restaurante, Diana se afana haciendo sándwiches, porque los de pavo se han acabado hace un rato… Bienvenidos a Rodilla, ese establecimiento donde lo mismo te tomas un café que comes algo rápido al mediodía. Pero, a pesar de que comparte diseño y carta con el resto de las franquicias, la diferencia es que en este local de Arturo Soria (Madrid) los sándwiches están hechos con un plus de cariño.

Algunos carteles, que pasan desapercibidos al cliente, lo dejan entrever: “Un Rodilla como todos los demás, pero este es diferente”; “Atendido por personas con discapacidad intelectual”. Porque salvo el gerente y el encargado del establecimiento, el resto de personal, 13 personas, tiene discapacidad intelectual. “Se va a poner alguna cartelería sutil, del tipo que se tenga un poco más de paciencia”, dice Almudena Martorell, presidenta de la Fundación A la Par. Que tampoco está de más un poco de paciencia, que ya llevamos demasiada prisa por la vida, ¿verdad?

Se considera discapacidad intelectual cuando se tiene un coeficiente intelectual por debajo de la media y algún tipo de limitación; por ejemplo, en la autonomía. Básicamente es cuando existen una serie de limitaciones significativas para el correcto funcionamiento en las rutinas diarias. “No tienen ningún rasgo físico que los caracterice, es gente que necesita apoyo, en matemáticas, en cálculo, en varios aspectos”.

La Fundación trabaja desde hace años con este colectivo consiguiéndoles algo fundamental para que tengan autonomía: trabajo. Porque para participar del ocio y tener una vida independiente, hay que tener un empleo: “Con nosotros en la Fundación ya trabajan más de 150 personas con discapacidad intelectual, disponemos de una oficina de empleo que busca ofertas en las empresas, localiza los puestos y luego hacemos el acompañamiento de la persona”, aclara.

Ya han montado huertos urbanos, lavanderías, lavado de coches, pero como disponen de una bolsa de empleo abultada, tienen que seguir creando puestos de trabajo: “Somos como una empresa al revés, tenemos ya la plantilla y hay que ir generando los puestos de trabajo”, explica. Y así surgió la idea de montar un establecimiento Rodilla que fuese gestionado por estas personas: “Las franquicias son un modelo de negocio muy bueno para los que queremos crear empleo y la acogida de Rodilla fue magnífica, enseguida entendieron el valor positivo de meterse en una aventura como esta”.

Abrieron en mayo de 2019, tras hacer las obras en lo que antes había sido un banco. “Nuestro objetivo es que este establecimiento sea sostenible, que genere empleo. Si hay margen, pues genial, pero eso no es lo importante”, detalla Martorell. Desde su oficina de empleo, identifican las capacidades de los distintos puestos de trabajo y luego buscan esas habilidades entre el personal del que disponen: y así, como si de Tinder hablásemos, surge el ‘match’. “Fueron muchos meses trabajando con Rodilla, viendo qué habilidades tenía un sandwichero, un cajero… Una vez escogidos los perfiles, después se formaron durante 2/3 meses en otros establecimientos Rodilla”.

Diana Ovejero, por ejemplo, es sandwichera en el cuarto frío. Tiene 33 años y lleva más de un año en este local: “Como empecé a trabajar, he podido independizarme y ahora vivo con un amigo de la infancia. Me independicé en junio del año pasado y mis padres me han apoyado siempre”.

Álvaro Tomás, que está en caja, ya había trabajado antes, por ejemplo de camarero y tanto dentro como fuera de Madrid: “Lo que más me gusta de mi trabajo aquí es la atención al público, el trato con la gente. A veces me estreso si cambian de opinión y piden otra cosa, pero la gente es muy amable”. ¿Lo que más le gusta de todo? “Salir con los amigos”.

¿Son conscientes los clientes de estas pequeñas diferencias en el personal del local? No lo parece, porque, como reconoce Martorell, “a estos trabajadores se les exige lo mismo que al resto, de hecho, desde Rodilla vienen cada semana a hacer inspecciones de calidad”, aclara. “Tenemos un debate sobre si los clientes lo deben saber o no: hasta dónde debemos comunicar, siempre con el ánimo que sea un apoyo, para que se cultive la paciencia, entender al otro, comprender los fallos… Pero por otro lado también hay una parte de no discriminar, tampoco llevo un cartel de otra condición”.

En España ya empieza a haber iniciativas similares: el restaurante Gallinas y Focas; el grupo Eroski ha franquiciado alguno de sus establecimientos más pequeños con entidades parecidas a la Fundación A la Par… La Fundación inició su camino en 1948, cuando su fundadora, Carmen Pardo-Valcarce, facilitó la construcción de un preventorio destinado a que los hijos de las personas enfermas que vivían en la leprosería de Trillo (Guadalajara) pudieran vivir en un entorno libre de la enfermedad. En junio de 2017, la Fundación cambió su denominación y pasó a llamarse A la Par.

Pero regresemos a este Rodilla tan especial de la madrileña calle Arturo Soria: tanto Álvaro como Diana coinciden, su sándwich preferido es el del pollo al curry. Así que ya saben, vaya, prueben y de paso, echen una mano con esta estupenda iniciativa.