“Podemos hacer una casa abierta que se cierre; parece que es una tontería, pero esa es la gran novedad. Estar dentro de tu casa y que en ella penetre el jardín, que no pises una raya al pasar de dentro afuera”. El arquitecto Alejandro de la Sota explicaba así su obra culmen: la Casa Guzmán. En 1972, de la Sota levantó en el pueblo de Algete esta vivienda unifamiliar para el empresario Enrique Guzmán y su familia.

La casa se convirtió en uno de los principales símbolos de la arquitectura modernista. Lugar de culto para jóvenes estudiantes, que recorrían los 23 kilómetros que separaban Madrid de la urbanización donde estaba levantada la vivienda. Hasta el Callejón del Jarama se acercaban para contemplarla, fotografiarla o dibujarla. Así, hasta que desapareció.

El ladrillo rojizo y la vegetación que se apoderaba de la fachada dejó paso a un caserón de tres alturas, de fachada blanca, tejado de zinc y escaso valor arquitectónico. Unos estudiantes de la Universidad de Alcalá de Henares fueron los primeros en avisar del cambiazo. Esto pasó a principios de año y saltaron las alarmas.

“La Casa Guzmán fue una llamada de atención y ha generado un duelo porque, por primera vez, una parte importante de la opinión pública ha sido sensible a que podíamos estar dilapidando el patrimonio contemporáneo”. Así de contundente se expresaba José María Ezquiaga, decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM), cuando idealista/news le pedía una valoración.

Uno de los hitos del movimiento arquitectónico moderno en España había desaparecido del mapa para siempre. El hijo de Enrique Guzmán, heredero de esta joya, decidió tirarla para hacerse una vivienda más cómoda y barata de mantener. No tuvo la sensibilidad artística de su padre, pero tampoco incumplió ninguna normativa. El edificio carecía de cualquier grado de protección, no estaba catalogado, y su derribo era perfectamente legal.

Sin embargo, el caso sirve de llamada de atención ante la incertidumbre que amenaza a buena parte del patrimonio arquitectónico del siglo XX. Hace 18 años, cuando las excavadoras acabaron de la noche a la mañana con La Pagoda de Miguel Fisac, ya se denunció este peligro y no consiguió sensibilizar a la ciudadanía. Ahora, el derrumbe de la Casa Guzmán podría remover conciencias.

“¿Por qué todos disfrutamos de la literatura o las artes plásticas y, sin embargo, la arquitectura va a ser una cuestión de expertos?”, se pregunta el decano del COAM. “En España tenemos el Guernica y Las Meninas, pero también tenemos una arquitectura contemporánea muy valiosa. No se trata solo de convertir en museo los edificios contemporáneos. No fueron concebidos para ser sepulcros vacíos sino para ser edificios vividos. Hay que abrir la posibilidad de poder transformar estos edificios y que se conviertan en parte de la cultura común. Así, la política los va a reconocer y a cuidar”, asegura Ezquiaga.

Desde la Dirección General de Patrimonio, su directora, Paloma Sobrini, afirma a idealista/news que las joyas arquitectónicas no están en peligro porque se encuentran identificadas. “El patrimonio está catalogado en tres categorías: el BIC, Bien de Interés Cultural, es la máxima categoría. Después está el BIP, Bien de Interés Patrimonial, y luego están todos los elementos integrantes del patrimonio histórico, artístico, cultural y arquitectónico de la Comunidad de Madrid. Joyas como tales son los edificios integrados en el catálogo BIC y, en muchos casos, en el BIP”.

Sin embargo, a veces esos catálogos no están actualizados. Eso pasó con el del municipio de Algete y por eso se derrumbó la Casa Guzmán.

Asociaciones como ‘Madrid, Ciudadanía y Patrimonio’ ponen el foco en la dificultad de hacer entender a la población el patrimonio del siglo XX y aseguran que en la Comunidad de Madrid hay edificios con ciertas amenazas a pesar de los catálogos de protección de los municipios y las declaraciones BIC y BIP de la Comunidad de Madrid. “Las técnicas se conocen”, asegura su portavoz, Alberto Tellerías, quien añade que “el tema es hacer que esos catálogos sean completos y esté todo lo que debe estar”.

Desde idealista/news queremos acercarnos a este patrimonio. Con este reportaje inauguramos una serie de seis historias sobre los edificios que hemos considerado más especiales y que corren peligro de derrumbe o están abandonados y tienen un futuro incierto.  En algunos casos, los vemos a diario en el centro de la ciudad y desconocemos su importancia. Otros son verdaderas maravillas de la arquitectura española y languidecen, ruinosos, en mitad de la nada.  Sin duda, no están todos los que son, pero los elegidos tienen un valor arquitectónico indudable o una importancia histórica o urbanística que los hacen merecedores de pertenecer a esta serie.

Desde su despacho, antes de terminar la entrevista, José María Ezquiaga nos insiste en este mensaje: “Son los ciudadanos los que tienen que pedir a sus políticos que protejan su medio ambiente, su paisaje urbano y su arquitectura”, concluye.