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La pandemia de la Covid-19 ha hecho que utilicemos toda una terminología que nos era completamente ajena en enero de este año: mascarillas, KN95, higiénicas, gel hidroalcohólico, ventilación cruzada, medidores CO2… Parecemos profesionales en la materia y sin embargo, hay cosas que siguen haciéndose mal y nos va en juego la salud.

Ya hemos tratado la cuestión sobre cómo deben ventilarse adecuadamente los espacios de trabajo, pero Gemma del Caño, farmacéutica y experta en seguridad alimentaria, añade estas consideraciones: “Para la oficina y las escuelas, importantísimo intentar que haya ventilación natural pero que sea cruzada, es decir, ventanas y puertas abiertas. No siempre se puede hacer eso, ni en clases ni en oficinas. Entonces hay que tirar de la ventilación central, que suele tener sensores además”, explica.

Para que nos entendamos, mucha ventilación comunitaria tiene sensores que ellos mismos calculan la calidad del aire, similares a los termostatos de las calefacciones en casa. Esos sensores miden que la calidad del aire disminuye y entonces, vuelven a ventilar. “El tema es que lo adecuado sería no poner esos sensores para que esté permanentemente ventilando. Hay que intentar reducir la recirculación de los equipos: que se meta aire limpio y que se extraiga el sucio, pero que no esté recirculando. Además, se deben inspeccionar bien las ventilaciones centralizadas para que los filtros, en caso de que los haya, estén correctos”, analiza del Caño.

¿Hay que prestar especial atención en algún espacio? “Sí, en los baños, en los vestuarios y en las zonas comunes, porque ahí no suele haber ventilación natural así que lo suyo sería una extracción en continuo. Y eso debe estar puesto permanentemente, que no se pare. Se pueden usar también, si no queda más remedio, los aparatos para purificar el aire. Hay equipos que son autónomos, pero lo suyo es que se hiciera primero un análsis para saber cuál es el caudal que se necesita si son aparatos portátiles. Lo idóneo es revisar el caudal”, dice la experta.

Así, si tuviésemos que hacer una recomendación de sistemas de ventilación, sería, “de más a menos, ventilación natural y cruzada; después, la ventilación centralizada individual y finalmente, los purificadores de aire”.

Otro aparato que nos puede ayudar para ver la calidad del aire y evaluar la necesidad de ventilar son los denominados medidores de CO2. “Son dispositivos diseñados para valorar la calidad del aire. Se están recomendando actualmente para lugares cerrados donde haya más de 20 personas en los que tengamos duduas sobre su correcta ventilación. En realidad, son sondas que miden el dióxido de carbono en ppm (partes por millón) que tenemos en nuestra estancia. Lo más habitual es que sean sensores que funcionan por infrarrojos, aunque hay otras opciones. Estos basan su funcionamiento en que el CO2 absorbe la radiación infrarroja de una forma única de manera que puede conocer cuándo la presencia de dióxido de carbono en el ambiente es elevada”, explica del Caño.

En el exterior, la concentración de CO2 ronda las 350-400 ppm. En un sitio cerrado serían tolerables hasta 1.000 ppm, aunque lo recomendable sería entre 500 y 800. A partir de 2.000 ppm se podría considerar que la habitación no está correctamente ventilada.

Ojo a cómo se coloca: “Es necesario colocarlo correctamente. No puede estar cerca de corrientes de aire o zonas muertas como estanterías, también habría que evitar que estuvieran cerca de fuentes de calor. Los precios en el mercado no son inaccesibles, pero no podemos considerar un medidor de CO2 como una garantía de eliminación de riesgo de contagio sino como una validación de la eficacia de la ventilación. Únicamente son sondas que aportan un indicativo más de un estado del ambiente. No aseguran una reducción del contagio, no evitan que ventilemos y, bajo ningún concepto se pueden usar de excusa para eliminar el resto de las medidas”, finaliza la experta.