Decía Groucho Marx: “¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero! ¡Pero cuestan tanto!”. Será por eso, porque se ocupan de lo mundano y de lo divino, que la política y las diosas miran de frente al Banco de España. En la misma plaza que el Ayuntamiento de Madrid y la estatua de la Cibeles, en la madrileña calle Alcalá, se levanta hoy un edificio catalogado como Bien de Interés Cultural cuya primera piedra fue colocada por el rey Alfonso XII.

El Estado había comprado el palacio del marqués de Alcañices en 1882 para erigir en ese terreno el Banco de España. Sacó a concurso público el diseño del edificio, pero ninguna de las cuatro candidaturas fue del agrado del jurado, por lo que se ofreció la oportunidad a los arquitectos funcionarios de la institución. Eduardo Adaro y Casimiro Sainz de Lastra, tras viajar por Europa para conocer proyectos similares, realizaron una propuesta que fue aprobada.

En la década de los años veinte del siglo pasado se realizó la primera de las ampliaciones del espacio, al surgir la necesidad de crear una cámara acorazada donde guardar buena parte del oro del país, un objetivo que aún está vigente. Como detalla Paloma Sobrini, directora general de Patrimonio Cultural de la Comunidad de Madrid, se trajo de Pensilvania (Estados Unidos) una puerta de 16 toneladas para proteger una sala en la que se encuentra, como parte de una valiosísima colección de monedas, el primer maravedí de oro de España.

El arquitecto y profesor de la Universidad Politécnica de Madrid Eduardo Roig desvela cómo funciona el mecanismo de seguridad en el caso de que alguien intentara (y sería la primera vez, que sepamos) acceder de forma delictiva: “La sala se inunda, precisamente, con el agua que nutre a la fuente de la Cibeles”. Este sistema provoca la siguiente reflexión en el profesor: “Ese patrón universal que es el oro, hoy en día, es protegido o salvaguardado por el agua, que será, seguramente, el patrón universal dentro de unos años”.

La reciente ampliación de Rafael Moneo

La última gran ampliación del edificio del Banco de España fue encomendada a Rafael Moneo en el inicio del siglo XXI. El arquitecto tudelano, primer español ganador (y único, hasta que en el año 2017 venció el estudio español RCR Arquitectes) del premio Pritzker -considerado el Nobel de la Arquitectura-, se impuso en el concurso público. Su proyecto, incluido el armonioso chaflán, “otorga una integridad al edificio y una identidad completa. Ya está terminado el Banco de España”. “Por fin”, explica Roig.

Por su parte, desde la perspectiva del patrimonio, Paloma Sobrini pone en valor la importancia de los arquitectos al “no hacer exactamente igual” la ampliación o modificación de bienes de interés cultural “como intentando engañar” y, en cambio, optar por guardar el mismo lenguaje formal a la vez que sea clara la distinción propia de las distintas etapas arquitectónicas en las que tienen lugar las construcciones. Para Sobrini, Moneo lo interpreta perfectamente con los medallones de la fachada, que “vistos desde lejos continúan los ritmos, el mismo idioma, el mismo lenguaje” pero que, al verlos de cerca, “se ve que está hecho en otra época”.

Así, la ampliación del edificio del Banco de España es un paso más de la historia de amor de Rafael Moneo con el Paseo del Prado de la capital, donde también transformó el Palacio de Villahermosa en el Museo Thyssen-Bornemisza y asumió la ampliación del Museo del Prado. Sin embargo, estos trabajos nos han mostrado a un Moneo distante del vanguardismo artístico que trabajó en los años 80.

Los secretos del interior

La responsable autonómica de Patrimonio Cultural invita a que nos sumemos a las visitas guiadas con las que podemos conocer los detalles del interior del edificio, incluyendo las escaleras con mármol de Carrara, o la imponente colección pictórica que guarda entre sus puertas.

Lo que no está claro que podamos contemplar es la mesa del Consejo del Banco de España. Pero Sobrini nos expone una de las curiosidades de esta sala en la que durante más de un siglo se han tomado decisiones clave para la economía española: en cada cajón de la mesa del Consejo “había un abanico”, porque “en aquella época no había aire acondicionado y esos señores con esos trajes…”. Hoy día sí hay aire acondicionado, pero lo que no sabemos es si aún tendrán abanicos para mitigar los sofocos. Recuerden a Groucho y aprovechen, que ver el Banco de España sigue siendo gratis.