La población española es de 46,9 millones de personas a 1 de enero de 2019, lo que supone más de 100.000 personas que el anterior máximo alcanzado en 2012, según datos del INE. Esta evolución representa un incremento anual de cerca de 280.000 individuos, lo que eleva el crecimiento anual en un 0,6%. Este suave avance de la población se debe, exclusivamente, al aumento de la migración extranjera, ya que el número de nacimientos sigue en retroceso.

El Banco de España señala que el elevado dinamismo de los flujos migratorios en 2018 ha contrarrestado el deterioro del saldo vegetativo, definido como la diferencia entre el número de nacimientos y el de defunciones. Este saldo fue negativo por segundo año consecutivo, superando las 50.000 personas, como consecuencia del retroceso en los nacimientos (‑6,2% respecto a 2017, hasta los 369.302, acercándose así al mínimo histórico alcanzado en 1996) y del leve aumento de las defunciones (0,4%).

En concreto, las entradas de inmigrantes aumentaron un 21%, lo que, unido al descenso del 16% en las salidas con respecto al año anterior, permitió que el flujo de entrada neto más que se duplicara frente a 2017, hasta superar las 330.000 personas, un nivel similar al observado en 2008, tras los fuertes descensos de las entradas netas observadas durante el período de crisis.

En cambio, el colectivo nacional ha retrocedido levemente, en unas 9.000 personas. Esto se debe, por un lado, al saldo vegetativo negativo que fue superior a 100.000 individuos, y, por otro, al aumento en las adquisiciones de nacionalidad española (de casi 100.000, frente a las 26.000 observadas en 2017). En España la población sigue envejeciendo, lo que eleva la tasa de dependencia (con más de 64 años).

Respecto a dónde han ido principalmente a parar la migración extranjera, los destinos son principalmente Cataluña, Madrid, Andalucía y la Comunidad Valenciana, es decir, regiones donde más crece el empleo.

En cuanto a los países de procedencia de esta inmigración, desde 2014 han ido ganando peso relativo los inmigrantes procedentes de Iberoamérica, pasando del 17,5% en 2014 hasta el 31,7% en 2018 de las entradas totales. Destacan los colombianos y los venezolanos. En cambio, ha habido aumentos de menor intensidad procedentes de países centroamericanos y africanos.

Por el contrario, el peso de las entradas de inmigrantes procedentes de países de la UE ha caído casi 12 puntos porcentuales, hasta el 25,9%. En este caso, destaca el retroceso en el peso relativo de las entradas desde Rumanía (en más de 6 puntos porcentuales), aunque continúa siendo uno de los principales países de procedencia de los flujos inmigratorios.

Estas modificaciones recientes en la distribución de los flujos de entrada por países no han producido cambios significativos en la composición por nivel educativo de las llegadas de inmigrantes, manteniéndose el grupo con estudios medios como el colectivo mayoritario, aunque cabe destacar la caída que se ha producido a lo largo de los últimos diez años de la incidencia del colectivo con estudios bajos.