Gtres

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Para que el sector de la construcción afronte retos tan importantes como la actualización del parque edificatorio y sea un pilar de la recuperación económica tras la disrupción del covid-19, es crucial que supere la falta de atractivo para las nuevas generaciones que lleva sufriendo desde hace al menos una década.

Si se analiza el periodo 2010-2020, en el que se perdió un 25% de los ocupados del sector como consecuencia de la crisis de 2008, se puede observar que se ha producido un importante envejecimiento, desplazándose el mayor peso por rango de edad, de los 30-39 años a los 40-49 años. Como consecuencia de ello, en 2020 el 70% de los ocupados era mayor de 40 años, mientras que en 2010 sólo representaba el 48,20%.

Hay que añadir que se ha reducido sustancialmente el número de jóvenes menores de 30 años, pues al finalizar 2020 representaban sólo el 8,39% cuando en 2010 era el 16,45%. Durante estos años se ha perdido el interés de los jóvenes por incorporarse al sector, como es la disminución del 41,8% de matriculaciones de estudiantes de grado (y primer y segundo ciclo) en la rama de arquitectura e ingeniería, cursos 2018-19 vs 2003-04. El alumnado de la familia profesional de Edificación y Obra Civil de Formación Profesional también ha retrocedido a la mitad en diez años (2018-19 vs. 2008-09), si bien ha crecido un 22% en la familia de Electricidad y Electrónica, con cerca de 60.000 alumnos.

Lamentablemente no ha habido un cambio sustancial en la incorporación de la mujer al sector en los últimos 10 años, pues sigue en 8,19% en 2020. Sin embargo, una nota positiva se desvela al poner el foco en el tramo 16-30 años, alcanzando el 10,44% de mujeres sobre el total de jóvenes ocupados, implicando un aumento del 27% en una década. E incluso alcanza el 13% en la arquitectura técnica para dicho rango de edad, según datos del Consejo General de la Arquitectura Técnica (CGATE).

Hay que actuar con celeridad para frenar la brecha generacional existente en el sector que puede provocar la pérdida de transmisión de conocimiento de generación en generación. Pues si bien los jóvenes y nuevos profesionales accederán a sus primeros puestos de trabajo con una estupenda base, con altos conocimientos tecnológicos y técnicos, una parte muy importante del buen hacer del oficio se adquiere con la práctica y se transmite en obra, como se hacía con el modelo del aprendiz.

El interés individual por incorporarse a un sector profesional determinado está vinculado con el valor percibido que éste aporta a la sociedad, resultando muy interesante el estudio de percepción social de los profesionales del sector realizado por el CSCAE (Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España, 2019), donde la profesión con mayor prestigio fue con diferencia médico (66%), seguido con la mitad del peso por ingeniero/a (29%) y abogado/a (27%), y por encima de algunas profesiones del sector: arquitecto/a (15%), o albañil-fontanero/a electricista (2%). Hay un amplio margen de mejora, donde la especialización, basada en profesiones con formación homologada y acreditada, sin duda será clave, así como tendrá un efecto tractor de jóvenes talentos.

Los nuevos sistemas de construcción, la sostenibilidad, la industrialización y la transformación digital imprimirán a las profesiones un atractivo esencial, alejando la realidad de la obra de una imagen denostada, y en muchos casos arcaica, sobre los oficios del sector.

Finalmente, el volumen de actividad necesario para cumplir los objetivos del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) en 2030 y la descarbonización en 2050 posibilita un nivel de trabajo en un periodo de 30 años que contrarreste la incertidumbre vinculada con la discontinuidad tradicional.

Será necesario aprovechar las tres palancas descritas (valor aportado a la sociedad, modernización del sector y alta oferta laboral) para lograr atraer y potenciar el talento de los jóvenes; si no, en 10 años nos podríamos encontrar una media edad de 55 años en el sector, poniendo en jaque la neutralidad climática que la sociedad requiere.