A escasos 100 metros de la Mezquita de Córdoba se esconde la Casa de las Cabezas, un edificio con más de 1.000 años de antigüedad, que respira historia y que sirve como ejemplo para explicar parte de la historia urbanística de Córdoba. La vivienda cuenta con un adarve o calleja, muy típica en la ciudad andaluza, que ha resistido al paso del tiempo y a la modernización de la localidad.

El relato de la Casa de las Cabezas se remonta al año 1000. La tradición de Córdoba habla de que era una propiedad de un Alcázar de Almanzor, donde la leyenda cuenta que estuvo preso el padre de los siete infantes de Lara, llamado Gonzalo Gustioz, un conde castellano que queda atrapado en Córdoba por orden de Almanzor. “El nombre que le damos al inmueble no es uno comercial que le hayamos puestos nosotros, sino que obedece al nombre que se le concede a la casa desde el siglo XV, cuando el historiador, Ambrosio de Morales, nos habla de ella”, afirma Manuel Ramos, director de la Casa de las Cabezas.  

Flanqueada por la hondura de su estrechísimo callejón de origen musulmán, la Casa no sólo nos ofrece uno de los rincones más emblemáticos de Córdoba, sino que nos sumerge en una atmósfera en la que se trenzan la historia y la leyenda; y nos traslada a aquella España herida de contradicciones, en la que, a pesar de salir de la Edad Media, el estilo mudéjar seguía impregnando patios y estancias.

Los siete infantes de Lara

“Aquí, en este patio, tiene lugar el hecho más trágico de aquel viejo cantar de gesta castellano, que es cuando las cabezas seleccionadas de los siete infantes de Lara son presentadas a su padre. Después, la tradición dice que la calleja del Barquillo, que es la que tenemos justo en el costado de la casa, tiene siete arquitos porque cada uno de ellos sirvió para colgar las cabezas. La gente asoció ese número siete con las siete cabezas, aunque como todas estas historias medievales, tiene su parte de verdad y su parte de fantasía”, aclara su director y propietario.

Pero ¿cuál ha sido la evolución de este histórico inmueble? La realidad es que en su interior se pueden encontrar desde restos romanos hasta una supuesta sinagoga judía. “Después de la Edad Media, al principio de la Edad Moderna, sabemos que la casa perteneció a un influyente comerciante de origen judío convertido al cristianismo llamado Juan de Córdoba Membreque, aunque todos lo conocían como Juan de las Cabezas”, narra Ramos.

Precisamente, esa época es la que el director de la Casa de las Cabezas ha intentado recrear en este inmueble convertido en museo. “Pretendemos reflejar cómo vivía un personaje de la época en aquella Córdoba que ya había dejado de ser islámica, musulmana. Sin embargo, todas, todas las tradiciones de esta religión permanecían en el patio y en cualquiera de las estancias”, explica.  

¿Una bañera ritual judía?

Aunque quizás lo más sorprendente de este edificio se esconde en los sótanos. “Durante el proceso de rehabilitación encontramos un misterioso pilón que se cargaba de agua todas las noches, a pesar de nuestros intentos por vaciarlo todos los días. No entendíamos muy bien su significado hasta conocer el triste final de Juan de Córdoba, que fue sentenciado junto a 107 personas más en el mayor auto de fe en la historia de la Inquisición, el 22 de febrero de 1504. ¿El motivo? Ocultar en casa una supuesta sinagoga donde venían a orar los judíos. Todo hace indicar que ese pilón es una bañera ritual, algo de lo que no existe precedente en todo Córdoba”, señala Ramos.

Tras este acto de fe, la casa es derribada por orden del inquisidor general, porque considera que es una sinagoga, y su historia se pierde en el tiempo hasta el siglo XIX. “Por aquel entonces, la casa pasa a pertenecer a una iglesia y luego se convierte en una casa de vecindad o corrala para acoger a gente venida del campo, perdiendo su esplendor como casa de abolengo o señorial”, narra su actual propietario.

El tesoro judío

El inmueble permanece bajo estas características hasta finales del siglo XX, cuando la adquiere una persona que está convencida de que la casa esconde un tesoro judío. “Este señor se dedicó a excavar túneles por la noche para encontrar este tesoro, hasta que un día los cimientos de las casas vencieron. Hasta el año 2007, que es cuando la compro y la reformo, es un edificio repleto de escombros, de animales, de suciedad…”, apunta Ramos.

La rehabilitación de la vivienda dura siete años, hasta el 2014, momento en el que abrimos con la actividad actual: un museo. “Yo la compro porque tengo pasión por la ciudad de Córdoba, por su milenaria historia y porque no entendía como una casa con este pasado podía estar en este estado. Mi intención con la apertura de este museo era plasmar cómo vivía una familia de cierto nivel de la Córdoba de la Edad Moderna: qué elementos utilizaban, que costumbres habían permanecido desde el tiempo de los musulmanes…”, asevera.

Para recrear este contexto, la casa se basa en tres principios básicos. El primero es que el patio es el alma y el epicentro de la casa en detrimento de la fachada. De hecho, el segundo principio guarda relación con el acceso a la vivienda: se realiza a través de estrechos adarves (callejones), porque la fachada ni siquiera está en la calle principal. “El musulmán, al igual que los habitantes del siglo XV, pretendía ante todo guardar su intimidad y el mejor medio para conseguirlo eran estas callejas que estaban custodiadas por puertas”, indica en este sentido el director del museo.

El tercer principio fundamental de esta casa durante la época que intentan recrear era la distribución de las estancias por razón de sexo. La realidad es que los hombres y las mujeres no convivían en las mismas habitaciones. “Realmente es una continuación del harén musulmán, entendido como zona para las mujeres que se establece hasta bien entrado el siglo XVII”, afirma. “Los usos moriscos se plasman en muchos rincones de esta casa como en la sala del estrado, donde se sentaban las mujeres sobre alfombras, cojines…”, añade.

Los adarves y el futuro incierto de la casa

La influencia musulmana también se aprecia en el urbanismo de la ciudad. “Desde la Casa de las Cabezas tomamos la iniciativa de identificar cientos de adarves que todavía existían en Córdoba y que no estaban puestos en valor por su transcendencia histórica. De esta idea surgió el festival de las callejas celebrado hace dos años en el que promocionamos callejas que mantienen un modo centenario de vida, porque son vías que se hicieron en tiempos de los musulmanes. Ya hemos localizado más de 200 y poco a poco iremos descubriendo más porque todas tienen una bonita historia detrás”, explica.

Volviendo a la casa, Ramos lamenta los estragos que la crisis del covid-19 está haciendo en esta histórica vivienda. “Llevamos más de un año cerrados y sin ningún tipo de ayuda por parte de la Junta de Andalucía. El dinero que cobramos por visitar este museo sirve hacer frente al coste que tiene mantener un inmueble de esta importancia”, relata. Por este motivo, su futuro como museo se encuentra en el aire. “Creo que la apuesta de hacer de la casa un bien cultural debería de mantenerse, pero sin un apoyo quizás no se pueda realizar”, lamenta. La posibilidad de reconvertirla en un hotel está sobre la mesa, aunque Ramos aclara que de momento va a seguir intentando mantener el inmueble como un museo.