En 1984, un empresario veinteañero estadounidense fue de visita a Francia donde ofreció a los europeos algunos consejos para el éxito empresarial. Aseguró que los empresarios deben tener una segunda oportunidad si fracasan y los burócratas del gobierno son pésimos inversores. Sus consejos eran sabios. Pero las empresas europeas gobernaban el mundo empresarial junto a las estadounidenses y, ocasionalmente, las japonesas. ¿Por qué iban a aceptar los consejos de este californiano recién llegado?

The Economist

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Casi cuatro décadas después, la empresa fundada por aquel joven advenedizo, Steve Jobs, vale más que las 30 empresas del índice alemán Dax juntas. Su valor no está muy lejos del de las 40 empresas del índice Cac de Francia. El éxito de Apple ha sido notable, pero lo que realmente llama la atención es el declive de las empresas europeas. A principios del siglo XXI, 41 de las 100 empresas más valiosas del mundo tenían su sede en Europa (incluyendo Gran Bretaña y Suiza, pero excluyendo Rusia y Turquía). En la actualidad, sólo 15 mantienen su sede en el Viejo Continente.

Cuando se trata de negocios, Europa solía tener un gran peso. En las últimas décadas, empresas como Nokia, Nestlé o BP han estado entre las diez mayores empresas del mundo por capitalización bursátil. Ahora, sólo en ocasiones, Europa tiene una empresa entre las 20 primeras del mundo. En el año 2000, casi un tercio del valor combinado de las 1.000 mayores empresas cotizadas del mundo estaba en Europa, y una cuarta parte de sus beneficios. En sólo 20 años esas cifras se han reducido casi a la mitad. Europa es un lugar para que empresas como Amazon y TikTok encuentren clientes, no una base para que las empresas locales conquisten el mundo.