Luce aún el sol cuando llegamos a El Alamín, a algo más de 30 kilómetros de Navalcarnero, en Madrid. Todavía hay sol, pero no conseguimos que sus rayos nos calienten lo suficiente. Será por la brisa que corre en este páramo o por lo desangelado del lugar, o puede que por ambos. Hay mucha suciedad en las cunetas de la cercana carretera y en todo el perímetro de este mal llamado pueblo abandonado. Mal llamado porque no se ciñe a lo que podría considerarse un pueblo, ya que El Alamín es más bien una ristra de casas, 40 en total, que nos recuerdan a las imágenes que hemos visto de los campos de concentración. Más que casas se dirían barracones, para ser honestos.

También están los restos de lo que fuera la iglesia, en cuya torre el guarda del lugar ha colocado una bandera de España; la escuela, la plaza… El Alamín tuvo incluso convento, peluquería, oficina de correos… En los buenos tiempos vivieron allí más de 150 personas quienes, al parecer, no pagaban por sus viviendas, tan solo, el recibo de la luz.

Según la información que encontramos, su trazado se diseñó de forma similar a los pueblos de colonización que el franquismo levantó hacia mitad del siglo XX en diferentes partes de España. Es decir, forma cuadriculada, tenía tres calles paralelas, dos perpendiculares y una plaza con una fuente en medio. Las casas podían ser una planta o de dos, y todas tenían un patio trasero donde poder tener un pequeño huerto o animales como gallinas o cerdos.

Nos tenemos que fiar de la información publicada sobre este enclave porque nosotros, que hemos llegado hasta aquí con ganas de explorar entre ruinas, no podemos acceder: una valla que rodea todo el perímetro lo impide. Varios carteles de propiedad privada y de perros peligrosos intentan desanimar a aquél que, pese a todos los impedimentos, quiera colarse dentro.

Ahora con el covid apenas viene gente, pero antes venían todas las semanas, y les da igual que haya valla, que se prohíba el paso, la amenaza de los perros… Saltan la valla igual, rompen cosas, se han llevado tejas, hasta la campana de la iglesia. Vienen a drogarse, a destrozar lo que queda, a hacer pintadas… por eso el dueño acabó vallando todo el terreno”, nos comenta el guarda del lugar. “Si por mí fuera, os dejaría pasar, pero el dueño está muy cansado y no quiere”, aclara mientras nos cuenta que él pasa allí días y noches y que su madre fue maestra en la escuela.

El Alamín fue mandado construir por el marqués de Comillas en 1957 para que pudieran alojarse los empleados de su finca homónima, en la que se plantaban tomates, patatas, algodón, tabaco…. Las casas fueron levantadas en un terreno yermo, situado junto a la antigua carretera que unía Escalona y Villa del Prado. Las plantaciones agrícolas no han desaparecido del entorno porque justo al lado, se levantan unos invernaderos, algunos de ellos con lechugas en su interior, según podemos percibir.

Cuando los trabajadores de El Alamín se jubilaban, dejaban su casa para la siguiente familia de jornaleros. Cuando la finca fue perdiendo rentabilidad, los jornaleros del marqués se fueron marchando, emigrando a Villa del Prado o a Madrid en su mayoría: sus últimos vecinos se fueron a finales de los noventa. Y aquello se quedó vacío, se fue degradando, no tanto por la acción de la naturaleza, que siempre se abre paso, sino del hombre, y ha servido de escenario para todo tipo de leyendas desde entonces. Leyendas de poca o nula credibilidad: como la que dice que un pastor amaneció muerto, junto a su rebaño, tras pasar allí la noche. O la que defiende que el fantasma del cura deambula por la iglesia o esa otra según la cual los móviles pierden cobertura en el pueblo (damos fe de lo contrario).

En todo caso, este desolado paisaje de muros que se caen y calles que han sido tomadas por las malas hierbas y las zarzas, es el escenario idóneo para los amantes de los espíritus, de los que practican urbex (exploración urbana de lugares y edificios abandonados) y de los grafiteros. De hecho, se aprecian grafitis por doquier e incluso una pintada muy de actualidad: Mantengan la Distancia de Seguridad. No es complicado hacerlo aquí, porque no hay nadie, por no haber, no hay ni perros.

Pueblos abandonados en la España cada vez más vaciada no es que falten: en nuestra geografía hay unos 3.000 pueblos abandonados, en Madrid, unos 160. Las comunidades autónomas con más núcleos de población en los que no vive nadie son Galicia y Asturias, según el INE: entre las dos sumarían un 71% del total, o sea, más de 2.300 localidades vacías.

Pero volvamos a El Alamín, que, aunque ya no luce vistoso en absoluto, sí que tuvo un pasado glorioso, anterior a la época en la que acogió a los jornaleros. Al parecer, en la Reconquista, la zona donde se ubicaba El Alamín era la frontera de los reinos cristianos y musulmanes. Alfhamín (Alamín) llegó a contar hasta con cinco mezquitas y tuvo un pasado bien próspero: sus terrenos se situaban a ambos lados del río Alberche y la población pertenecía al Califato de Córdoba. Tras la conquista cristiana, Alfonso VIII donó las tierras al arzobispado de Toledo.

Nada de ese pasado se deja entrever hoy en las gastadas paredes de El Alamín, ni en sus techos agujereados que se derrumban. Ya nadie sale desde el número 16 de la calle nuestra señora de los reyes, una de las pocas placas que aún se conservan.

Ha caído ya la noche y, sin lugar a dudas, no apetece quedarse a deambular y ahora entendemos, en plena oscuridad, por qué los amantes de las psicofonías se dejen caer por aquí para entablar conversación con entes de otros mundos.

Al marcharnos, descubrimos en una de las esquinas del pueblo unas curiosas plantas que llaman nuestra atención: estramonio, trompeta de ángel o hierba del Diablo, una planta altamente tóxica que crece en los descampados y cunetas y que solía usarse en los aquelarres de las brujas. Quizás, al final, El Alamín sí que tenga algo de lugar maldito.