“Niebla formada por humo de tabaco elevándose en la sala, gritos de cientos de trabajadores, sudor frío y estrés”, … Esta escena tiene lugar a principios del siglo XX en un espacioso edificio en el centro de Madrid, donde se intercambian títulos bursátiles de manera frenética. Los agentes de cambio y bolsa tienen un sinfín de preocupaciones en su cabeza, pero entre ellas no se encuentra la de admirar la arquitectura del edificio en el que se encuentran.

Hoy, un siglo después, el interior del Palacio de la Bolsa ha cambiado mucho: aquella actividad bursátil no es más que un eco lejano en los pasillos y salas de este emblemático edificio.

En 2018, en el Palacio de la Bolsa apenas trabajan unos 70 empleados del departamento de Comunicación y Marketing de Bolsas y Mercados Españoles (BME), el operador de los mercados de valores y sistemas financieros de nuestro país. Sus cerca de 700 empleados se encuentran en sus oficinas de Las Rozas, mientras que el edificio original se reserva a tareas representativas y simbólicas.

El arquitecto del Palacio de la Bolsa fue Enrique María Repullés y Vargas. Su propio padre era agente de cambio y bolsa, por lo que conocía de cerca el mundo bursátil y el estrés que le acompañaba. Por ello, decidió que el edificio debía contar con amplios ventanales que dejasen entrar la luz natural. El lema de su proyecto ganador era “Sin paz no es posible el comercio”.

El edificio se comenzó a construir en 1878. Repullés quiso dotar al edificio de un aspecto basilical, con estilo neoclásico, ya que consideraba que estaba diseñando el “Templo de la Economía”.        

“Sus connotaciones religiosas se muestran de manera muy clara”, asegura Nieves Mestre, arquitecta y profesora Universidad Politécnica de Madrid. “Está cubierto con una vidriera, está enormemente ornamentado en su interior, y tiene un deambulatorio en torno al salón principal que permitiría el correcto funcionamiento del edificio.

Para soportar el peso del vidrio, el arquitecto decidió probar con el material constructivo que estaba en boga por aquellos años: el hierro. Gracias a él, pudo diseñar la bóveda con vidrio que hoy puede disfrutarse en el Palacio.

La decoración de los interiores fue encargada a dos artistas madrileños: el escultor Francisco Molinelli y el pintor Luis Taverner.

Dios del comercio

Hay un motivo decorativo que se repite en todo el Palacio: el caduceo. “El caduceo es el cetro de Mercurio, el dios del comercio para los romanos”, explica Javier Peces, del departamento de Visitas de la Bolsa de Madrid. “En la parte inferior muestra dos serpientes entrecruzadas, que representan la oferta y la demanda. En la parte superior”, prosigue, “pueden apreciarse un par de alas, las alas de Mercurio, que representan la agilidad a la hora de tomar decisiones en Bolsa. En el centro hay varios elementos, como unas cuernas de la fortuna, que desprenden monedas y billetes”.

Los elementos masónicos también aparecen representados en numerosos espacios del edificio.

Luis Taverner es el autor de las pinturas. En los frescos que presiden el techo de la sala del parqué se encuentran representadas las provincias españolas con sus principales virtudes. Y, entre ellas, en un lugar privilegiado, Cuba y Filipinas, las dos provincias de ultramar que España perdió en 1898.

Además de la sala principal, conocida como ‘el parqué’, existe un Salón de los Pasos Perdidos (al igual que en Congreso de los Diputados y en el Senado). Se trata de una sala, en la planta superior, cuyo pavimento estaba cubierto por alfombras para amortiguar el sonido. Anexo a este salón se encuentra el Salón de los Fumadores, cuyas ventanas daban a la calle, y por las que se escaba el humo de los cigarros apurados por los estresados operadores de cambio y Bolsa. Este humo salía en tales cantidades, que en alguna ocasión los transeúntes creyeron espantados que el edificio se encontraba en llamas.

En el parqué, llama la atención el reloj situado en lo alto de una columna. Se trata de una reproducción exacta del que existe en la Bolsa de Ámsterdam, la primera bolsa europea. Está presidido en su parte superior por cuatro esferas. Tres de ellas son relojes, y la cuarta es un barómetro. Hace años, un trabajador de la casa se encontraba limpiando el mecanismo, con tan mala suerte de que se le cayó y rompió. La aguja del barómetro, desde entonces, apunta siempre a la posición de variable. Y así se quedó, hasta hoy, simbolizando el carácter de las inversiones bursátiles.

Símbolos y Campanas

Hoy, el carácter del edificio es meramente simbólico. En su interior, los paneles luminosos siguen mostrando la información bursátil actualizada al instante, y las cadenas de televisión nacionales hacen conexiones diarias con su corresponsal, dentro del Palacio de la Bolsa, para informar de las subidas y bajadas de los principales valores del parqué.

El Palacio continúa vistiéndose de gala para las grandes ocasiones, como cuando Rodrigo Rato tañía la campana que señalaba la salida a Bolsa de Bankia, en 2011, una imagen repetida mil veces para ilustrar el auge y caída de los símbolos económicos. O, como señala el reloj del Palacio de la Bolsa, el tiempo variable que acecha toda inversión bursátil.