De todos los chefs que hemos visto en este serial que arrancó antes de la pandemia, Carlos Maldonado, quien pone el broche final a esta serie de artículos, es, seguramente, el que tiene el recorrido vital más atípico y menos relacionado con la cocina. Fue vigilante de seguridad, también estudió electromecánica (teniendo claro desde el primer día de clase que no se quería dedicar a ello). Fue vendedor ambulante, vendido hamburguesas (que salvaron su negocio de la ruina justo cuando llegó la pandemia), ha llevado un food truck con su padre, recorriéndose la geografía española. Y por supuesto, todos saben que ganó una edición de Masterchef, concurso al que le apuntó su madre.

Maldonado es inquieto: hoy tiene un restaurante, Raíces, en Talavera de la Reina, pero mañana a saber dónde puede estar… Es una de las primeras cosas que nos dice en la entrevista que tiene lugar en el local porque su casa está en obras. Lo primero que recibe al comensal cuando atraviesa la puerta del local es un gran mural (en el que Estrella Galicia está presente, punto para los gallegos) realizado por ceramistas de la localidad: “Es un mural que se sale un poquito de la tradición cerámica de Talavera. Lo ha hecho el Centro Cerámico que son unos artistas como la copa de un pino y cuenta lo que vamos a comer en el menú. Habla de nuestras raíces. De quién es Carlos Maldonado: ese loco que tiene la cabeza llena de grillos y que sólo piensa en marcianitos, como dice su padre. Habla de la zona, de recuerdos, de cosas que le han hecho madurar, como su hijo”, explica Maldonado. El restaurante es un homenaje a la tierra como también lo es la vajilla y el menú, con guiños a platos de su abuela, como el pisto con huevo.

¿Siempre quisiste ser cocinero?

“Nunca he querido ser cocinero. Yo realmente no he tenido en mi vida nada claro, no he sabido nunca qué quería ser. Flipo mucho cuando un niño pequeño tiene las cosas claras. Es más, hoy por hoy no tengo nada claro. Hoy soy cocinero, mañana quién sabe. No, ni siquiera me había planteado la cocina como una profesión”.

Y de repente, empiezas a cocinar…

“Me planteo entrar en una cocina realmente por necesidad. No encontraba trabajo, eran tiempos difíciles, entonces Isidro, en el campo de golf, me ayudó y me dijo vente para acá, lavas los cacharros, me montas unas ensaladas, cortas queso y oye, me sentía útil, decía si es que me gusta. Luego tenía un amigo, Iván Serrano, que ahora tiene restaurantes en Granada, y me dijo vente este verano, pruebas, para que no andes por ahí, pues vente con nosotros, algo sacarás. Y me fui. Montaba ensaladas y snacks, daba desayunos. O sea, hacía más horas que la leche. Pero bueno, me lo pasaba muy bien. Vivía allí, daba desde desayunos, comidas, cenas y si había boda, daba recenas.

Y, ¿cómo entras en Masterchef?

Me apuntó mi madre. Vio un anuncio y me dijo hijo, si es que tú vas a ganar. Es que ya no era te van a coger. No, no, es que vas a ganar. Yo pensaba que la televisión es mentira. Y me llegó una solicitud: y el chavalito en esos tiempos estaba fuertote, hacía yo mis panes para cuidarme.Y dirían tiene buen perfil, de chulo con los pendientes y eso. Me llamaron y me dijeron venga, cocina. Hice un tartar de ciervo con fresas descabelladas. Realmente era un plato de José Carlos Fuentes, que aprendí en Valdepalacios.

Tras Masterchef, ¿cómo fue la experiencia en el Basque Culinary Center?

Una grandísima experiencia pero muy duro. Un cocinero se hace cocinando. No nace cocinero. Fui allí y me pegué una hostia de mucho cuidado. Tuve muy buenos profesores, todo hay que decirlo. Tuvimos nuestros más y nuestros menos, tú vienes de un programa de televisión y ellos forman a profesionales o actualizan sus conocimientos. A mí me tenían que enseñar de cero y ellos allí no están para eso. Me regalaron un máster.

La estrella Michelin, ¿genera ansiedad?

Claro. Ganarla es magnífico pero perderla te hunde.

¿Algún plato de la infancia que recuerdes?

Todos. Y los trasladamos al menú que tenemos. Adoro el pisto con huevo frito que me hacía mi abuela en el monte. Lo hacía desde por la mañana, recuerdo el olor. Llegábamos con mis padres desde muy tempranito al monte y Josefa ya estaba metida con su pisto, con su lumbre. No había luz. La pequeña cocina nada más entrar a mano derecha. Y a la hora de comer ya estaba el pisto, se tiraba horas y horas, le echaba patatas y muchos huevos fritos de las gallinas. Tenía un gallinero y entrábamos los niños con más miedo que vergüenza a coger los huevos.

Fuiste vendedor ambulante, ¿hay algo que eches de menos de tu vida nómada?

Echo de menos la libertad, el anonimato.