Los que ya tengan cierta edad recordarán aquella película de título “Mujer blanca soltera busca”, ¿recuerdan? Era la típica película, con tintes de thriller, que podría verse cualquier domingo por la tarde. Pero no estamos aquí para evocar dicha cinta sino el anuncio que servía de título, ¿te imaginas poner un anuncio donde dijera “discapacitado intelectual busca piso de alquiler en Moratalaz”? Si fueses el casero, ¿estarías dispuesto a alquilárselo? Si tú mismo estuvieses buscando piso para alquilar, ¿compartirías piso con Juanjo, por ejemplo, discapacitado intelectual y uno de los trabajadores de la Fundación A la Par?

Porque si los jóvenes (y no tan jóvenes) se quejan de cómo está el mercado del alquiler, ahora pongámonos en los zapatos de un discapacitado intelectual, ¿cuántos obstáculos más tiene que sortear esta persona para poder vivir de forma independiente?

El 3 de diciembre se celebra el Día Internacional de las Personas con Discapacidad y la ocasión nos parece más que oportuna para entrar en la vivienda de entrenamiento de la Fundación A La Par, que sirve para que sus chicos y chicas, discapacitados intelectuales, se preparen para dar el salto a una vivienda independiente, la mayor de las veces, de alquiler.

La vivienda se encuentra situada en la sede de la Fundación, un macro complejo localizado al  norte de Madrid y que de primeras, nos parece un mix entre jardín y parque temático, considerando los múltiples talleres ocupaciones de los que disponen para sus usuarios: taller de chuches, jardinería, lavado de coches, carpintería, imprenta, etc.

La fundación trabaja por la integración laboral de los discapacitados intelectuales y qué mejor forma de hacerlo que disponer de talleres en los que desarrollar diferentes habilidades. En la misma localización se encuentra la vivienda de entrenamiento: “Si bien teníamos una vivienda tutelada desde 2002, esta casa en la que nos encontramos se crea en 2013 y surge para evitar la institucionalización de este colectivo. Aquí empiezan a desarrollar su independencia, trabajando habilidades domésticas, de convivencia.., ”, explica Ana García Noblejas, tutora de entrenamiento.

Para que nos entendamos: allí empiezan a familiarizarse con poner lavadoras, hacer la compra, cocinar un huevo frito y aprender a convivir con otros compañeros/as. La casa, con espectaculares vistas, tiene tres dormitorios, uno de ellos para la monitora, salón, cocina y dos baños, así como una pequeña terraza que disfrutan a tope en verano. En total, hay espacio para que convivan siete personas, pero ahora, con el covid, van 4 como máximo para poder guardar la distancia de seguridad.

Aquí están tres meses, a lo largo de la semana, de lunes a viernes. Por las mañanas se van a sus trabajos y luego vienen aquí y tienen el resto de quehaceres: la limpieza, hacer la lista de la compra, ir a comprar al supermercado… Entre sus mayores miedos está el de ver si serán capaces de sacar a flote la casa y luego hay están el miedo a cocinar y al fuego, a la convivencia (les cuesta poner normas), ir a la compra, la gestión del dinero…”, explica García Noblejas.

Los requisitos para poder acceder a esa vivienda de entrenamiento es que sean mayores de edad y que quieran independizarse. Y desde la Fundación les echan un cable con todo lo necesario, pero también fomentan su independencia: si se quedan dormidos, no se les despierta; no tienen hora para irse a dormir pero deben ser conscientes de que al día siguiente hay que trabajar…

¿Les cuesta más a ellos dar el salto a una vida independiente o de lo contrario, suelen ser sus familias los más reticentes? “Casi cuesta más con las familias que con ellos”, explica la tutora. Por esta vivienda pasan unas 50 personas al año y después, toca encontrar un piso que les convenga. “Buscar piso es una de las principales dificultades con las que se encuentran. En eso se pueden ir meses, por la escasa oferta que existe, pero sobre todo porque muchos caseros creen que estos chicos no van a pagar, como suelen cobrar el salario mínimo, los arrendadores suelen preferir a otro tipo de público”, aclara.

La Fundación no puede responder como avalista en el contrato, pero sí que responden frente a problemas que puedan surgir: “No es que se vayan y los perdamos de vista. Solemos ir por las casas para ver cómo están, les ayudamos con el contrato, la gestión del dinero, si hay visitas a médicos y por supuesto, nos ocupamos en la intermediación con el casero”, finaliza.

Paloma Talavera está en la Fundación desde los 12 años. Ahora tiene 33 años, trabaja en los talleres de imprenta de la misma y busca piso con su pareja, Juanjo, que a su vez trabaja en el taller de pintura decorativa. “Ahora mismo estamos viviendo juntos, pero en casa de mi madre, y queremos independizarnos. Buscamos por Moncloa, pero es muy caro. Estamos intentando encontrar por el barrio del Pilar”, explica.

Juanjo le lleva ventaja en cuanto a convivencia con otros compañeros, porque lleva años conviviendo en pisos de alquiler. De hecho, Paloma reconoce que su pareja le ha enseñado muchas cosas: “Yo antes no me acercaba a la comida y él me ha enseñado a hacer tortillas francesas, huevos fritos, empanadillas… “, explica mientras confiesa que su madre no la reconoce en esta faceta culinaria.

Están buscando piso amueblado y con características concretas: “No quiero un loft ni tampoco un estudio y que no sea un bajo”. A Paloma no le gusta planchar, a Juanjo tampoco. “Pues no pasa nada, no se plancha”, finaliza ella. Todo arreglado.