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Imaginen una moderna red de trenes y carreteras que conectará Pekín con Madrid, uniendo dos poderosos continentes. Imaginen que además se mejoran las infraestructuras de una red de puertos y aeropuertos desde Cantón hasta Valencia. Pues bien: ese es el nuevo megaproyecto que 28 jefes de Estado –incluyendo Rajoy– acaban de aprobar en Pekín, y en el que se invertirá 900.000 millones de euros en los próximos años.

Su nombre técnico es OBOR, es decir, ‘One Belt, One Road’ (Un Cinturón, Un Camino, en inglés), y es la nueva ‘Ruta de la Seda’, pues pretende impulsar al viejo camino medieval de comerciantes que –a través de Turquía–, unía con animales y mucha paciencia Pekín con Europa.

En realidad, este proyecto dormía en los cajones del ensueño del presidente chino desde hacía cuatro años, pero la llegada de Trump le ha dado un espaldarazo. ¿Por qué Trump? Porque el presidente de los EEUU se ha salido del acuerdo Comercial Transpacífico que englobaba a países del Pacífico, y ahora el presidente chino Xi Jinping ha visto su oportunidad de revancha. ¿Y si nosotros lideramos el crecimiento mundial?

Seamos francos: detrás de OBOR hay mucho marketing político. Pero incluso así, no deja de ser seductor. A lo largo de la historia siempre ha habido un país que hace de locomotora del mundo: Roma, España, Francia, Gran Bretaña, EEUU…

 Y en este caso, China quiere tomar ese relevo. Hay muchas razones: la primera es que el crecimiento chino se ha debilitado en los últimos años. Esta nueva Ruta de la Seda involucraría a más de 60 países de Asia, Oriente Medio y Europa y África. La idea es mejorar las infraestructuras de comunicación existentes o construir otras nuevas a lo largo de ese inmenso canal comercial. Eso permitiría agilizar el tráfico marítimo, aéreo y terrestre, construir cargueros más grandes, aumentar la cifra de negocios y crear cientos de miles de puestos de trabajo.

Un momento: ¿y quién paga todo esto? Por supuesto, China. Ha lanzado el Fondo de la Franja y la Ruta. Cuenta con 36.000 millones de euros de partida, según informaba el diario Expansión.

Luego, China sacará otros 90.000 millones de euros del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras, una especia de Banco Europeo de Inversiones pero en Asia, y que está impulsado por 57 países (España entre ellos).

Sigamos: otros 134.000 millones de euros provendrán del Nuevo Banco de Desarrollo (de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS). Y hay más: el Banco de Desarrollo de China y el Banco Exim, aportarán 358.000 millones.

En realidad esa Ruta de la Seda se podría llamar Vía Láctea porque recorre el planeta de derecha a izquierda: habrá proyectos también en África, Sudamérica y Nueva Zelanda. Como el proyecto es ambicioso, el optimismo ya ha envuelto a 100 países y organizaciones internacionales del planeta.

Por cierto, que una de esas nuevas rutas es nada menos que mejorar las vías ferroviaria entre Pekín y Madrid: se trata de 13.052 kilómetros que se recorren en 15 días, pasando por 7 países. Otra de las rutas marítimas acabaría en el puerto de Barcelona, donde las empresas chinas están tomando posiciones. En Barcelona por ejemplo, el emporio Hutchinson ya ha invertido más de 450 millones de euros para convertirlo en un gran ‘hub’ de distribución.

En resumen, la gran potencia china se apresta a tomar el liderazgo del comercio mundial en la próxima década. Hay muchas cosas que se pueden discutir porque China no es el paradigma del libre mercado ni de la sana competencia.

Su economía sigue teniendo un fuerte control estatal, las prácticas laborales se saltan las normas occidentales, y sus empresas roban patentes y las copian sin rubor. Pero todos los servicios de estudio de bancos y consultoras tienen la certeza de que poco a poco irán cayendo esas barreras, y que el gran impulso al crecimiento mundial puede venir de oriente. Ya lo decían los romanos: ex oriente lux (de oriente viene la luz).